El 13 de abril Lectura Bíblica Diaria

Job 10 a 12:
10 Está mi alma hastiada de mi vida;
Daré libre curso a mi queja,
Hablaré con amargura de mi alma. Diré a Dios: No me condenes;
Hazme entender por qué contiendes conmigo. ¿Te parece bien que oprimas,
Que deseches la obra de tus manos,
Y que favorezcas los designios de los impíos? ¿Tienes tú acaso ojos de carne?
¿Ves tú como ve el hombre? ¿Son tus días como los días del hombre,
O tus años como los tiempos humanos, Para que inquieras mi iniquidad,
Y busques mi pecado, Aunque tú sabes que no soy impío,
Y que no hay quien de tu mano me libre? Tus manos me hicieron y me formaron;
¿Y luego te vuelves y me deshaces? Acuérdate que como a barro me diste forma;
¿Y en polvo me has de volver? ¿No me vaciaste como leche,
Y como queso me cuajaste? Me vestiste de piel y carne,
Y me tejiste con huesos y nervios. Vida y misericordia me concediste,
Y tu cuidado guardó mi espíritu. Estas cosas tienes guardadas en tu corazón;
Yo sé que están cerca de ti. Si pequé, tú me has observado,
Y no me tendrás por limpio de mi iniquidad. Si fuere malo, ¡ay de mí!
Y si fuere justo, no levantaré mi cabeza,
Estando hastiado de deshonra, y de verme afligido. Si mi cabeza se alzare, cual león tú me cazas;
Y vuelves a hacer en mí maravillas. Renuevas contra mí tus pruebas,
Y aumentas conmigo tu furor como tropas de relevo. ¿Por qué me sacaste de la matriz?
Hubiera yo expirado, y ningún ojo me habría visto. Fuera como si nunca hubiera existido,
Llevado del vientre a la sepultura. ¿No son pocos mis días?
Cesa, pues, y déjame, para que me consuele un poco, Antes que vaya para no volver,
A la tierra de tinieblas y de sombra de muerte; Tierra de oscuridad, lóbrega,
Como sombra de muerte y sin orden,
Y cuya luz es como densas tinieblas.
¿Y el hombre que habla mucho será justificado? ¿Harán tus falacias callar a los hombres?
¿Harás escarnio y no habrá quien te avergüence? Tú dices: Mi doctrina es pura,
Y yo soy limpio delante de tus ojos. Mas ¡oh, quién diera que Dios hablara,
Y abriera sus labios contigo, Y te declarara los secretos de la sabiduría,
Que son de doble valor que las riquezas!
Conocerías entonces que Dios te ha castigado menos de lo que tu iniquidad merece. ¿Descubrirás tú los secretos de Dios?
¿Llegarás tú a la perfección del Todopoderoso? Es más alta que los cielos; ¿qué harás?
Es más profunda que el Seol; ¿cómo la conocerás? Su dimensión es más extensa que la tierra,
Y más ancha que el mar. Si él pasa, y aprisiona, y llama a juicio,
¿Quién podrá contrarrestarle? Porque él conoce a los hombres vanos;
Ve asimismo la iniquidad, ¿y no hará caso? El hombre vano se hará entendido,
Cuando un pollino de asno montés nazca hombre. Si tú dispusieres tu corazón,
Y extendieres a él tus manos; Si alguna iniquidad hubiere en tu mano, y la echares de ti,
Y no consintieres que more en tu casa la injusticia, Entonces levantarás tu rostro limpio de mancha,
Y serás fuerte, y nada temerás; Y olvidarás tu miseria,
O te acordarás de ella como de aguas que pasaron. La vida te será más clara que el mediodía;
Aunque oscureciere, será como la mañana. Tendrás confianza, porque hay esperanza;
Mirarás alrededor, y dormirás seguro. Te acostarás, y no habrá quien te espante;
Y muchos suplicarán tu favor. Pero los ojos de los malos se consumirán,
Y no tendrán refugio;
Y su esperanza será dar su último suspiro.
12 Respondió entonces Job, diciendo: Ciertamente vosotros sois el pueblo,
Y con vosotros morirá la sabiduría. También tengo yo entendimiento como vosotros;
No soy yo menos que vosotros;
¿Y quién habrá que no pueda decir otro tanto? Yo soy uno de quien su amigo se mofa,
Que invoca a Dios, y él le responde;
Con todo, el justo y perfecto es escarnecido. Aquel cuyos pies van a resbalar
Es como una lámpara despreciada de aquel que está a sus anchas. Prosperan las tiendas de los ladrones,
Y los que provocan a Dios viven seguros,
En cuyas manos él ha puesto cuanto tienen. Y en efecto, pregunta ahora a las bestias, y ellas te enseñarán;
A las aves de los cielos, y ellas te lo mostrarán; O habla a la tierra, y ella te enseñará;
Los peces del mar te lo declararán también. ¿Qué cosa de todas estas no entiende
Que la mano de Jehová la hizo? En su mano está el alma de todo viviente,
Y el hálito de todo el género humano. Ciertamente el oído distingue las palabras,
Y el paladar gusta las viandas. En los ancianos está la ciencia,
Y en la larga edad la inteligencia. Con Dios está la sabiduría y el poder;
Suyo es el consejo y la inteligencia. Si él derriba, no hay quien edifique;
Encerrará al hombre, y no habrá quien le abra. Si él detiene las aguas, todo se seca;
Si las envía, destruyen la tierra. Con él está el poder y la sabiduría;
Suyo es el que yerra, y el que hace errar. El hace andar despojados de consejo a los consejeros,
Y entontece a los jueces. El rompe las cadenas de los tiranos,
Y les ata una soga a sus lomos. El lleva despojados a los príncipes,
Y trastorna a los poderosos. Priva del habla a los que dicen verdad,
Y quita a los ancianos el consejo. El derrama menosprecio sobre los príncipes,
Y desata el cinto de los fuertes. El descubre las profundidades de las tinieblas,
Y saca a luz la sombra de muerte. El multiplica las naciones, y él las destruye;
Esparce a las naciones, y las vuelve a reunir. El quita el entendimiento a los jefes del pueblo de la tierra,
Y los hace vagar como por un yermo sin camino. Van a tientas, como en tinieblas y sin luz,
Y los hace errar como borrachos.
Salmo 121:
1 Elevo mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene del Señor, creador del cielo y de la tierra. El Señor no dejará que resbales; el que te cuida jamás duerme. Toma en cuenta que nunca duerme el protector de Israel. El Señor es tu protector; el Señor es como tu sombra: ¡siempre está a tu mano derecha! Ni el sol te fatigará de día, ni la luna te agobiará en la noche. El Señor te librará de todo mal; el Señor protegerá tu vida. El Señor te estará vigilando cuando salgas y cuando regreses, desde ahora y hasta siempre.
Proverbios 21:
El corazón del rey se bifurca como los ríos, pero en manos del Señor sigue los planes divinos. El hombre cree que todo camino es recto, pero el Señor pondera los corazones. Al Señor le agrada que se le hagan ofrendas, pero más le agrada que se haga justicia. Esto es pecado: Los ojos altivos, el corazón orgulloso y los planes malvados. Si piensas lo que haces, tendrás abundancia; si te apresuras, acabarás en la pobreza. Amontonar tesoros a base de mentiras es una ilusión que te conduce a la muerte. A los impíos los destruye su propia rapiña, porque se rehúsan a hacer justicia. El malvado va por caminos torcidos, pero el hombre honrado actúa con rectitud. Es mejor vivir en la azotea de la casa que compartir la casa con una esposa agresiva El impío tiene sed de maldad; no considera a nadie digno de compasión. Castiga al blasfemo, y el simple se hará sabio; aconseja al sabio, y éste aprenderá su lección. El justo observa la casa del impío, y lo ve cuando es trastornado por el mal. El que cierra su oído al clamor del pobre tampoco será escuchado cuando pida ayuda. La dádiva discreta calma el enojo; el don disimulado apacigua la furia. El justo se alegra cuando se hace justicia, pero los malvados se ponen a temblar. Quien se aparta del camino de la sabiduría acaba entre las legiones de muertos. Si amas los placeres, acabarás en la pobreza; el gusto por el vino y los perfumes no te hará rico. El malvado pagará el rescate del justo; el impío sufrirá en lugar del hombre recto. Es mejor vivir en el desierto que convivir con mujer peleonera y agresiva. Riquezas y perfumes hay en la casa del sabio; en la casa del necio sólo hay despilfarro. Ve en pos de la justicia y la misericordia, y hallarás vida, justicia y honra. El sabio conquista la ciudad más protegida, y derriba la fortaleza más confiable. El que cuida su boca y su lengua se libra de muchos problemas. Al que es burlón y soberbio también se le llama insolente. El perezoso se muere de deseos, pero no es capaz de ponerse a trabajar. Todo el tiempo se lo pasa codiciando. En cambio, el hombre justo da sin tacañerías. El sacrificio de los impíos es repugnante, ¡y más aún si se ofrece con maldad! El falso testimonio es desechado; el que sabe escuchar puede hablar siempre. El hombre impío finge firmeza; el hombre recto es firme en sus caminos. Ante el Señor nada vale el sabio, ni el inteligente ni el consejero. Presto está el caballo para entrar en combate, pero la victoria está en manos del Señor.
El Libro de Marcos Capítulo 5 el Nuevo Testamento del Expositor por Jimmy Swaggart:
EL SANTO EVANGELIO SEGÚN
SAN MARCOS
Primera Corintios Capítulo 13:
Si hablo en lenguas humanas y angelicales, pero no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o un platillo que hace ruido. Si tengo el don de profecía y entiendo todos los misterios y poseo todo conocimiento, y si tengo una fe que logra trasladar montañas, pero me falta el amor, no soy nada. Si reparto entre los pobres todo lo que poseo, y si entrego mi cuerpo para que lo consuman las llamas, pero no tengo amor, nada gano con eso. El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor jamás se extingue, mientras que el don de profecía cesará, el de lenguas será silenciado y el de conocimiento desaparecerá. Porque conocemos y profetizamos de manera imperfecta; pero cuando llegue lo perfecto, lo imperfecto desaparecerá. Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; cuando llegué a ser adulto, dejé atrás las cosas de niño. Ahora vemos de manera indirecta y velada, como en un espejo; pero entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de manera imperfecta, pero entonces conoceré tal y como soy conocido. Ahora, pues, permanecen estas tres virtudes: la fe, la esperanza y el amor. Pero la más excelente de ellas es el amor.
Hebreos 10:35-12:4
Así que no pierdan la confianza, porque ésta será grandemente recompensada. Ustedes necesitan perseverar para que, después de haber cumplido la voluntad de Dios, reciban lo que él ha prometido. Pues dentro de muy poco tiempo, "el que ha de venir vendrá, y no tardará. Pero mi justo vivirá por la fe. Y si se vuelve atrás, no será de mi agrado." Pero nosotros no somos de los que se vuelven atrás y acaban por perderse, sino de los que tienen fe y preservan su vida. Ahora bien, la fe es la garantía de lo que se espera, la certeza de lo que no se ve. Gracias a ella fueron aprobados los antiguos. Por la fe entendemos que el universo fue formado por la palabra de Dios, de modo que lo visible no provino de lo que se ve. Por la fe Abel ofreció a Dios un sacrificio más aceptable que el de Caín, por lo cual recibió testimonio de ser justo, pues Dios aceptó su ofrenda. Y por la fe Abel, a pesar de estar muerto, habla todavía. Por la fe Enoc fue sacado de este mundo sin experimentar la muerte; no fue hallado porque Dios se lo llevó, pero antes de ser llevado recibió testimonio de haber agradado a Dios. En realidad, sin fe es imposible agradar a Dios, ya que cualquiera que se acerca a Dios tiene que creer que él existe y que recompensa a quienes lo buscan. Por la fe Noé, advertido sobre cosas que aún no se veían, con temor reverente construyó un arca para salvar a su familia. Por esa fe condenó al mundo y llegó a ser heredero de la justicia que viene por la fe. Por la fe Abraham, cuando fue llamado para ir a un lugar que más tarde recibiría como herencia, obedeció y salió sin saber a dónde iba. Por la fe se radicó como extranjero en la tierra prometida, y habitó en tiendas de campaña con Isaac y Jacob, herederos también de la misma promesa, porque esperaba la ciudad de cimientos sólidos, de la cual Dios es arquitecto y constructor. Por la fe Abraham, a pesar de su avanzada edad y de que Sara misma era estéril, recibió fuerza para tener hijos, porque consideró fiel al que le había hecho la promesa. Así que de este solo hombre, ya en decadencia, nacieron descendientes numerosos como las estrellas del cielo e incontables como la arena a la orilla del mar. Todos ellos vivieron por la fe, y murieron sin haber recibido las cosas prometidas; más bien, las reconocieron a lo lejos, y confesaron que eran extranjeros y peregrinos en la tierra. Al expresarse así, claramente dieron a entender que andaban en busca de una patria. Si hubieran estado pensando en aquella patria de donde habían emigrado, habrían tenido oportunidad de regresar a ella. Antes bien, anhelaban una patria mejor, es decir, la celestial. Por lo tanto, Dios no se avergonzó de ser llamado su Dios, y les preparó una ciudad. Por la fe Abraham, que había recibido las promesas, fue puesto a prueba y ofreció a Isaac, su hijo único, a pesar de que Dios le había dicho: "Tu descendencia se establecerá por medio de Isaac." Consideraba Abraham que Dios tiene poder hasta para resucitar a los muertos, y así, en sentido figurado, recobró a Isaac de entre los muertos. Por la fe Isaac bendijo a Jacob y a Esaú, previendo lo que les esperaba en el futuro. Por la fe Jacob, cuando estaba a punto de morir, bendijo a cada uno de los hijos de José, y adoró apoyándose en la punta de su bastón. Por la fe José, al fin de su vida, se refirió a la salida de los israelitas de Egipto y dio instrucciones acerca de sus restos mortales. Por la fe Moisés, recién nacido, fue escondido por sus padres durante tres meses, porque vieron que era un niño precioso, y no tuvieron miedo del edicto del rey. Por la fe Moisés, ya adulto, renunció a ser llamado hijo de la hija del faraón. Prefirió ser maltratado con el pueblo de Dios a disfrutar de los efímeros placeres del pecado. Consideró que el oprobio por causa del Mesías era una mayor riqueza que los tesoros de Egipto, porque tenía la mirada puesta en la recompensa. Por la fe salió de Egipto sin tenerle miedo a la ira del rey, pues se mantuvo firme como si estuviera viendo al Invisible. Por la fe celebró la Pascua y el rociamiento de la sangre, para que el exterminador de los primogénitos no tocara a los de Israel. Por la fe el pueblo cruzó el Mar Rojo como por tierra seca; pero cuando los egipcios intentaron cruzarlo, se ahogaron. Por la fe cayeron las murallas de Jericó, después de haber marchado el pueblo siete días a su alrededor. Por la fe la prostituta Rahab no murió junto con los desobedientes, pues había recibido en paz a los espías. ¿Qué más voy a decir? Me faltaría tiempo para hablar de Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, Samuel y los profetas, los cuales por la fe conquistaron reinos, hicieron justicia y alcanzaron lo prometido; cerraron bocas de leones, apagaron la furia de las llamas y escaparon del filo de la espada; sacaron fuerzas de flaqueza; se mostraron valientes en la guerra y pusieron en fuga a ejércitos extranjeros. Hubo mujeres que por la resurrección recobraron a sus muertos. Otros, en cambio, fueron muertos a golpes, pues para alcanzar una mejor resurrección no aceptaron que los pusieran en libertad. Otros sufrieron la prueba de burlas y azotes, e incluso de cadenas y cárceles. Fueron apedreados, aserrados por la mitad, asesinados a filo de espada. Anduvieron fugitivos de aquí para allá, cubiertos de pieles de oveja y de cabra, pasando necesidades, afligidos y maltratados. ¡El mundo no merecía gente así! Anduvieron sin rumbo por desiertos y montañas, por cuevas y cavernas. Aunque todos obtuvieron un testimonio favorable mediante la fe, ninguno de ellos vio el cumplimiento de la promesa. Esto sucedió para que ellos no llegaran a la meta sin nosotros, pues Dios nos había preparado algo mejor. Por tanto, también nosotros, que estamos rodeados de una multitud tan grande de testigos, despojémonos del lastre que nos estorba, en especial del pecado que nos asedia, y corramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante. Fijemos la mirada en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe, quien por el gozo que le esperaba, soportó la cruz, menospreciando la vergüenza que ella significaba, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Así, pues, consideren a aquel que perseveró frente a tanta oposición por parte de los pecadores, para que no se cansen ni pierdan el ánimo. En la lucha que ustedes libran contra el pecado, todavía no han tenido que resistir hasta derramar su sangre.
Romanos 8:
Por lo tanto, ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús, pues por medio de él la ley del Espíritu de vida me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte. En efecto, la ley no pudo liberarnos porque la naturaleza pecaminosa anuló su poder; por eso Dios envió a su propio Hijo en condición semejante a nuestra condición de pecadores, para que se ofreciera en sacrificio por el pecado. Así condenó Dios al pecado en la naturaleza humana, a fin de que las justas demandas de la ley se cumplieran en nosotros, que no vivimos según la naturaleza pecaminosa sino según el Espíritu. Los que viven conforme a la naturaleza pecaminosa fijan la mente en los deseos de tal naturaleza; en cambio, los que viven conforme al Espíritu fijan la mente en los deseos del Espíritu. La mentalidad pecaminosa es muerte, mientras que la mentalidad que proviene del Espíritu es vida y paz. La mentalidad pecaminosa es enemiga de Dios, pues no se somete a la ley de Dios, ni es capaz de hacerlo. Los que viven según la naturaleza pecaminosa no pueden agradar a Dios. Sin embargo, ustedes no viven según la naturaleza pecaminosa sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios vive en ustedes. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo. Pero si Cristo está en ustedes, el cuerpo está muerto a causa del pecado, pero el Espíritu que está en ustedes es vida a causa de la justicia. Y si el Espíritu de aquel que levantó a Jesús de entre los muertos vive en ustedes, el mismo que levantó a Cristo de entre los muertos también dará vida a sus cuerpos mortales por medio de su Espíritu, que vive en ustedes. Por tanto, hermanos, tenemos una obligación, pero no es la de vivir conforme a la naturaleza pecaminosa. Porque si ustedes viven conforme a ella, morirán; pero si por medio del Espíritu dan muerte a los malos hábitos del cuerpo, vivirán. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no recibieron un espíritu que de nuevo los esclavice al miedo, sino el Espíritu que los adopta como hijos y les permite clamar: "¡Abba! ¡Padre!" El Espíritu mismo le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, somos herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, pues si ahora sufrimos con él, también tendremos parte con él en su gloria. De hecho, considero que en nada se comparan los sufrimientos actuales con la gloria que habrá de revelarse en nosotros. La creación aguarda con ansiedad la revelación de los hijos de Dios, porque fue sometida a la frustración. Esto no sucedió por su propia voluntad, sino por la del que así lo dispuso. Pero queda la firme esperanza de que la creación misma ha de ser liberada de la corrupción que la esclaviza, para así alcanzar la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Sabemos que toda la creación todavía gime a una, como si tuviera dolores de parto. Y no sólo ella, sino también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente, mientras aguardamos nuestra adopción como hijos, es decir, la redención de nuestro cuerpo. Porque en esa esperanza fuimos salvados. Pero la esperanza que se ve, ya no es esperanza. ¿Quién espera lo que ya tiene? Pero si esperamos lo que todavía no tenemos, en la espera mostramos nuestra constancia. Así mismo, en nuestra debilidad el Espíritu acude a ayudarnos. No sabemos qué pedir, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras. Y Dios, que examina los corazones, sabe cuál es la intención del Espíritu, porque el Espíritu intercede por los creyentes conforme a la voluntad de Dios. Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito. Porque a los que Dios conoció de antemano, también los predestinó a ser transformados según la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. A los que predestinó, también los llamó; a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó. ¿Qué diremos frente a esto? Si Dios está de nuestra parte, ¿quién puede estar en contra nuestra? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no habrá de darnos generosamente, junto con él, todas las cosas? ¿Quién acusará a los que Dios ha escogido? Dios es el que justifica. ¿Quién condenará? Cristo Jesús es el que murió, e incluso resucitó, y está a la derecha de Dios e intercede por nosotros. ¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, la persecución, el hambre, la indigencia, el peligro, o la violencia? Así está escrito: "Por tu causa nos vemos amenazados de muerte todo el día; nos tratan como a ovejas destinadas al matadero." Sin embargo, en todo esto somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Pues estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni lo presente ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto ni lo profundo, ni cosa alguna en toda la creación, podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor.
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