09 July 2017

El 10 de julio Lectura Bíblica Diaria

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Mensaje de la Cruz de Cristo Jesús-Capítulo-1



El 10 de julio Lectura Bíblica Diaria:

I Samuel 24 a 26:
Cuando Saúl regresó de perseguir a los filisteos, le informaron que David estaba en el desierto de Engadi. Entonces Saúl tomó consigo tres batallones de hombres escogidos de todo Israel, y se fue por los Peñascos de las Cabras, en busca de David y de sus hombres. Por el camino, llegó a un redil de ovejas; y como había una cueva en el lugar, entró allí para hacer sus necesidades. David estaba escondido en el fondo de la cueva, con sus hombres, y éstos le dijeron: En verdad, hoy se cumple la promesa que te hizo el Señor cuando te dijo: Yo pondré a tu enemigo en tus manos, para que hagas con él lo que mejor te parezca. David se levantó y, sin hacer ruido, cortó el borde del manto de Saúl. Pero le remordió la conciencia por lo que había hecho, y les dijo a sus hombres: ¡Que el Señor me libre de hacerle al rey lo que ustedes sugieren! No puedo alzar la mano contra él, porque es el ungido del Señor. De este modo David contuvo a sus hombres, y no les permitió que atacaran a Saúl. Pero una vez que éste salió de la cueva para proseguir su camino, David lo siguió, gritando: ¡Majestad, Majestad! Saúl miró hacia atrás, y David, postrándose rostro en tierra, se inclinó y le dijo: ¿Por qué hace caso Su Majestad a los que dicen que yo quiero hacerle daño? Usted podrá ver con sus propios ojos que hoy mismo, en esta cueva, el Señor lo había entregado en mis manos. Mis hombres me incitaban a que lo matara, pero yo respeté su vida y dije: No puedo alzar la mano contra el rey, porque es el ungido del Señor. Padre mío, mire usted el borde de su manto que tengo en la mano. Yo corté este pedazo, pero a usted no lo maté. Reconozca que yo no intento hacerle mal ni traicionarlo. Usted, sin embargo, me persigue para quitarme la vida, aunque yo no le he hecho ningún agravio. ¡Que el Señor juzgue entre nosotros dos! ¡Y que el Señor me vengue de usted! Pero mi mano no se alzará contra usted. Como dice el antiguo refrán: De los malos, la maldad; por eso mi mano jamás se alzará contra usted. "¿Contra quién ha salido el rey de Israel? ¿A quién persigue? ¡A un perro muerto! ¡A una pulga! ¡Que sea el Señor quien juzgue y dicte la sentencia entre nosotros dos! ¡Que examine mi causa, y me defienda y me libre de usted! Cuando David terminó de hablar, Saúl le preguntó: David, hijo mío, ¡pero si eres tú quien me habla! Y alzando la voz, se echó a llorar. Has actuado mejor que yo continuó Saúl. Me has devuelto bien por mal. Hoy me has hecho reconocer lo bien que me has tratado, pues el Señor me entregó en tus manos, y no me mataste. ¿Quién encuentra a su enemigo y le perdona la vida? ¡Que el Señor te recompense por lo bien que me has tratado hoy! Ahora caigo en cuenta de que tú serás el rey, y de que consolidarás el reino de Israel. Júrame entonces, por el Señor, que no exterminarás mi descendencia ni borrarás el nombre de mi familia. David se lo juró. Luego Saúl volvió a su palacio, y David y sus hombres subieron al refugio. Samuel murió, y fue enterrado en Ramá, donde había vivido. Todo Israel se reunió para hacer duelo por él. Después de eso David bajó al desierto de Maón. Había en Maón un hombre muy rico, dueño de mil cabras y tres mil ovejas, las cuales esquilaba en Carmel, donde tenía su hacienda. Se llamaba Nabal y pertenecía a la familia de Caleb. Su esposa, Abigaíl, era una mujer bella e inteligente; Nabal, por el contrario, era insolente y de mala conducta. Estando David en el desierto, se enteró de que Nabal estaba esquilando sus ovejas. Envió entonces diez de sus hombres con este encargo: "Vayan a Carmel para llevarle a Nabal un saludo de mi parte. Díganle: ¡Que tengan salud y paz tú y tu familia, y todo lo que te pertenece! Acabo de escuchar que estás esquilando tus ovejas. Como has de saber, cuando tus pastores estuvieron con nosotros, jamás los molestamos. En todo el tiempo que se quedaron en Carmel, nunca se les quitó nada. Pregúntales a tus criados, y ellos mismos te lo confirmarán. Por tanto, te agradeceré que recibas bien a mis hombres, pues este día hay que celebrarlo. Dales, por favor, a tus siervos y a tu hijo David lo que tengas a la mano. " Cuando los hombres de David llegaron, le dieron a Nabal este mensaje de parte de David y se quedaron esperando. Pero Nabal les contestó: ¿Y quién es ese tal David? ¿Quién es el hijo de Isaí? Hoy día son muchos los esclavos que se escapan de sus amos. ¿Por qué he de compartir mi pan y mi agua, y la carne que he reservado para mis esquiladores, con gente que ni siquiera sé de dónde viene? Los hombres de David se dieron la vuelta y se pusieron en camino. Cuando llegaron ante él, le comunicaron todo lo que Nabal había dicho. Entonces David les ordenó: "¡Cíñanse todos la espada!" Y todos, incluso él, se la ciñeron. Acompañaron a David unos cuatrocientos hombres, mientras que otros doscientos se quedaron cuidando el bagaje. Uno de los criados avisó a Abigaíl, la esposa de Nabal: "David envió desde el desierto unos mensajeros para saludar a nuestro amo, pero él los trató mal. Esos hombres se portaron muy bien con nosotros. En todo el tiempo que anduvimos con ellos por el campo, jamás nos molestaron ni nos quitaron nada. Día y noche nos protegieron mientras cuidábamos los rebaños cerca de ellos. Piense usted bien lo que debe hacer, pues la ruina está por caer sobre nuestro amo y sobre toda su familia. Tiene tan mal genio que ni hablar se puede con él." Sin perder tiempo, Abigaíl reunió doscientos panes, dos odres de vino, cinco ovejas asadas, treinta y cinco litros de trigo tostado, cien tortas de uvas pasas y doscientas tortas de higos. Después de cargarlo todo sobre unos asnos, les dijo a los criados: "Adelántense, que yo los sigo." Pero a Nabal, su esposo, no le dijo nada de esto. Montada en un asno, Abigaíl bajaba por la ladera del monte cuando vio que David y sus hombres venían en dirección opuesta, de manera que se encontraron. David recién había comentado: "De balde estuve protegiendo en el desierto las propiedades de ese tipo, para que no perdiera nada. Ahora resulta que me paga mal por el bien que le hice. ¡Que Dios me castigue sin piedad si antes del amanecer no acabo con todos sus hombres!" Cuando Abigaíl vio a David, se bajó rápidamente del asno y se inclinó ante él, postrándose rostro en tierra. Se arrojó a sus pies y dijo: Señor mío, yo tengo la culpa. Deje que esta sierva suya le hable; le ruego que me escuche. No haga usted caso de ese grosero de Nabal, pues le hace honor a su nombre, que significa necio. La necedad lo acompaña por todas partes. Yo, por mi parte, no vi a los mensajeros que usted, mi señor, envió. "Pero ahora el Señor le ha impedido a usted derramar sangre y hacerse justicia con sus propias manos. ¡Tan cierto como que el Señor y usted viven! Por eso, pido que a sus enemigos, y a todos los que quieran hacerle daño, les pase lo mismo que a Nabal. Acepte usted este regalo que su servidora le ha traído, y repártalo entre los criados que lo acompañan. Yo le ruego que perdone la falta de esta servidora suya. Ciertamente, el Señor le dará a usted una dinastía que se mantendrá firme, y nunca nadie podrá hacerle a usted ningún daño, pues usted pelea las batallas del Señor. Aun si alguien lo persigue con la intención de matarlo, su vida estará protegida por el Señor su Dios, mientras que sus enemigos serán lanzados a la destrucción. Así que, cuando el Señor le haya hecho todo el bien que le ha prometido, y lo haya establecido como jefe de Israel, no tendrá usted que sufrir la pena y el remordimiento de haberse vengado por sí mismo, ni de haber derramado sangre inocente. Acuérdese usted de esta servidora suya cuando el Señor le haya dado prosperidad. David le dijo entonces a Abigaíl: ¡Bendito sea el Señor, Dios de Israel, que te ha enviado hoy a mi encuentro! ¡Y bendita seas tú por tu buen juicio, pues me has impedido derramar sangre y vengarme con mis propias manos! El Señor, Dios de Israel, me ha impedido hacerte mal; pero te digo que si no te hubieras dado prisa en venir a mi encuentro, para mañana no le habría quedado vivo a Nabal ni uno solo de sus hombres. ¡Tan cierto como que el Señor vive! Dicho esto, David aceptó lo que ella le había traído. Vuelve tranquila a tu casa añadió. Como puedes ver, te he hecho caso: te concedo lo que me has pedido. Cuando Abigaíl llegó a la casa, Nabal estaba dando un regio banquete. Se encontraba alegre y muy borracho, así que ella no le dijo nada hasta el día siguiente. Por la mañana, cuando a Nabal ya se le había pasado la borrachera, su esposa le contó lo sucedido. Al oírlo, Nabal sufrió un ataque al corazón y quedó paralizado. Unos diez días después, el Señor hirió a Nabal, y así murió. Cuando David se enteró de que Nabal había muerto, exclamó: "¡Bendito sea el Señor, que me ha hecho justicia por la afrenta que recibí de Nabal! El Señor libró a este siervo suyo de hacer mal, pero hizo recaer sobre Nabal su propia maldad." Entonces David envió un mensaje a Abigaíl, proponiéndole matrimonio. Cuando los criados llegaron a Carmel, hablaron con Abigaíl y le dijeron: David nos ha enviado para pedirle a usted que se case con él. Ella se inclinó, y postrándose rostro en tierra dijo: Soy la sierva de David, y estoy para servirle. Incluso estoy dispuesta a lavarles los pies a sus criados. Sin perder tiempo, Abigaíl se dispuso a partir. Se montó en un asno y, acompañada de cinco criadas, se fue con los mensajeros de David. Después se casó con él. David también se había casado con Ajinoán de Jezrel, así que ambas fueron sus esposas. Saúl, por su parte, había entregado su hija Mical, esposa de David, a Paltiel hijo de Lais, oriundo de Galín. Los habitantes de Zif fueron a Guibeá y le dijeron a Saúl: ¿No sabe el rey que David está escondido en el monte de Jaquilá, frente al desierto? Entonces Saúl se puso en marcha con los tres batallones de hombres escogidos de Israel, y bajó al desierto de Zif en busca de David. Acampó en el monte de Jaquilá, que está frente al desierto, junto al camino. Cuando David, que vivía en el desierto, se dio cuenta de que Saúl venía tras él, envió espías para averiguar dónde se encontraba. Luego se dirigió al campamento de Saúl, y observó el lugar donde dormían Saúl y Abner hijo de Ner, jefe del ejército. Saúl estaba dentro del campamento, y el ejército lo rodeaba. David entonces les preguntó a Ajimélec el hitita y a Abisay hijo de Sarvia, hermano de Joab: ¿Quién quiere venir conmigo al campamento de Saúl? Yo voy contigo respondió Abisay. David y Abisay llegaron esa noche y vieron a Saúl dormido en medio del campamento, con su lanza hincada en tierra a su cabecera. Abner y el ejército estaban acostados a su alrededor. Hoy ha puesto Dios en tus manos a tu enemigo le dijo Abisay a David. Déjame matarlo. De un solo golpe de lanza lo dejaré clavado en el suelo. ¡Y no tendré que rematarlo! ¡No lo mates! exclamó David. ¿Quién puede impunemente alzar la mano contra el ungido del Señor? Y añadió: Tan cierto como que el Señor vive, que él mismo lo herirá. O le llegará la hora de morir, o caerá en batalla. En cuanto a mí, ¡que el Señor me libre de alzar la mano contra su ungido! Sólo toma la lanza y el jarro de agua que están a su cabecera, y vámonos de aquí. David mismo tomó la lanza y el jarro de agua que estaban a la cabecera de Saúl, y los dos se marcharon. Nadie los vio, ni se dio cuenta, pues todos estaban dormidos. No se despertaron, pues el Señor los había hecho caer en un sueño profundo. David cruzó al otro lado y se detuvo en la cumbre del monte, de modo que había una buena distancia entre ellos. Entonces llamó al ejército y a Abner hijo de Ner: ¡Abner! ¿Me oyes? Abner replicó: ¿Quién le está gritando al rey? David le contestó: ¿No eres tú el valiente sin par en Israel? ¿Cómo es que no has protegido a tu señor el rey? Te cuento que uno del pueblo entró con la intención de matarlo. ¡Lo que has hecho no tiene nombre! Tan cierto como que el Señor vive, que ustedes merecen la muerte por no haber protegido a su rey, el ungido del Señor. A ver, ¿dónde están la lanza del rey y el jarro de agua que estaban a su cabecera? Saúl, que reconoció la voz de David, dijo: David, hijo mío, ¡pero si eres tú quien habla! Soy yo, mi señor y rey respondió David. ¿Por qué persigue mi señor a este siervo suyo? ¿Qué le he hecho? ¿Qué delito he cometido? Le ruego a Su Majestad que escuche mis palabras. Si quien lo mueve a usted en mi contra es el Señor, una ofrenda bastará para aplacarlo. Pero si son los hombres, ¡que el Señor los maldiga! Hoy me expulsan de esta tierra, que es la herencia del Señor, y me dicen: ¡Vete a servir a otros dioses! Ahora bien, no deje usted que mi sangre sea derramada lejos de la presencia del Señor. ¿Por qué ha salido el rey de Israel en busca de una simple pulga? ¡Es como si estuviera cazando una perdiz en los montes! ¡He pecado! exclamó Saúl. Regresa, David, hijo mío. Ya no voy a hacerte daño. Tú has valorado hoy mi vida; yo, en cambio, me he portado como un necio. David respondió: Su Majestad, aquí está su lanza. Mande usted a uno de sus criados a recogerla. Que el Señor le pague a cada uno según su rectitud y lealtad, pues hoy él lo había puesto a usted en mis manos, pero yo no me atreví a tocar siquiera al ungido del Señor. Sin embargo, así como hoy valoré la vida de usted, quiera el Señor valorar mi propia vida y librarme de toda angustia. ¡Bendito seas, David, hijo mío! respondió Saúl. Tú harás grandes cosas, y en todo triunfarás. Luego David siguió su camino, y Saúl regresó a su palacio.


Salmos 58:
¿Acaso ustedes, gobernantes, actúan con justicia, y juzgan con rectitud a los seres humanos? Al contrario, con la mente traman injusticia, y la violencia de sus manos se desata en el país. Los malvados se pervierten desde que nacen; desde el vientre materno se desvían los mentirosos. Su veneno es como el de las serpientes, como el de una cobra que se hace la sorda para no escuchar la música del mago, del diestro en encantamientos. Rómpeles, oh Dios, los dientes; ¡arráncales, Señor, los colmillos a esos leones! Que se escurran, como el agua entre los dedos; que se rompan sus flechas al tensar el arco. Que se disuelvan, como babosa rastrera; que no vean la luz, cual si fueran abortivos. Que sin darse cuenta, ardan como espinos; que el viento los arrastre, estén verdes o secos. Se alegrará el justo al ver la venganza, al empapar sus pies en la sangre del impío. Dirá entonces la gente: "Ciertamente los justos son recompensados; ciertamente hay un Dios que juzga en la tierra."



Proverbios 21:
En las manos del Señor el corazón del rey es como un río: sigue el curso que el Señor le ha trazado. A cada uno le parece correcto su proceder, pero el Señor juzga los corazones. Practicar la justicia y el derecho lo prefiere el Señor a los sacrificios. Los ojos altivos, el corazón orgulloso y la lámpara de los malvados son pecado. Los planes bien pensados: ¡pura ganancia! Los planes apresurados: ¡puro fracaso! La fortuna amasada por la lengua embustera se esfuma como la niebla y es mortal como una trampa. La violencia de los malvados los destruirá, porque se niegan a practicar la justicia. Torcido es el camino del culpable, pero recta la conducta del hombre honrado. Más vale habitar en un rincón de la azotea que compartir el techo con mujer pendenciera. El malvado sólo piensa en el mal; jamás se compadece de su prójimo. Cuando se castiga al insolente, aprende el inexperto; cuando se instruye al sabio, el inexperto adquiere conocimiento. El justo se fija en la casa del malvado, y ve cuando éste acaba en la ruina. Quien cierra sus oídos al clamor del pobre, llorará también sin que nadie le responda. El regalo secreto apacigua el enojo; el obsequio discreto calma la ira violenta. Cuando se hace justicia, se alegra el justo y tiembla el malhechor. Quien se aparta de la senda del discernimiento irá a parar entre los muertos. El que ama el placer se quedará en la pobreza; el que ama el vino y los perfumes jamás será rico. El malvado pagará por el justo, y el traidor por el hombre intachable. Más vale habitar en el desierto que con mujer pendenciera y de mal genio. En casa del sabio abundan las riquezas y el perfume, pero el necio todo lo despilfarra. El que va tras la justicia y el amor halla vida, prosperidad y honra. El sabio conquista la ciudad de los valientes y derriba el baluarte en que ellos confiaban. El que refrena su boca y su lengua se libra de muchas angustias. Orgulloso y arrogante, y famoso por insolente, es quien se comporta con desmedida soberbia. La codicia del perezoso lo lleva a la muerte, porque sus manos se niegan a trabajar; todo el día se lo pasa codiciando, pero el justo da con generosidad. El sacrificio de los malvados es detestable, y más aún cuando se ofrece con mala intención. El testigo falso perecerá, y quien le haga caso será destruido para siempre. El malvado es inflexible en sus decisiones; el justo examina su propia conducta. De nada sirven ante el Señor la sabiduría, la inteligencia y el consejo. Se alista al caballo para el día de la batalla, pero la victoria depende del Señor.





El Libro de I Juan Capítulo 2 del Nuevo Testamento del Expositor por Jimmy Swaggart:


LA PRIMERA EPÍSTOLA UNIVERSAL DE
SAN JUAN



CAPÍTULO 2
(90 d.C.)
EL ABOGADO




HIJITOS míos, estas cosas os escribo, para que no pequéis. (Explica el hecho de que el Señor nos salva del pecado, no en el pecado. Este Pasaje nos dice que como Creyentes, no hay que pecar. La victoria sobre el pecado se encuentra exclusivamente en la Cruz.) Y si alguno hubiere pecado, Abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el Justo (Jesús está sentado ahora a la Diestra del Padre, lo cual significa que Su Misión está completa y Su misma Presencia garantiza la intercesión [Heb. 7:25-26; 9:24; 10:12]):
2 Y Él es la propiciación (satisfacción) por nuestros pecados: y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo. (Corresponde al hecho de que la satisfacción es tan amplia como el pecado. Si los hombres no experimentan su ventaja, la falta no está en su eficacia, sino en el hombre mismo.)
LA EVIDENCIA
3 Y en esto sabemos que nosotros Le hemos conocido (se refiere a una Salvación "con seguridad"), si guardamos Sus Mandamientos. (Se puede lograr sólo cuando el Creyente entiende que la Cruz es la solución para todas las cosas, y que ésta debe ser siempre el Objeto de nuestra Fe. Al creerlo, Cristo vivirá a través de nosotros por medio de la persona del Espíritu Santo y los Mandamientos serán guardados, refiriéndose a la totalidad del Nuevo Convenio [Gál. 2:20].)
4 El que dice, Yo Le he conocido, y no guarda Sus Mandamientos (si nuestras afirmaciones no corresponden a Sus demandas, entonces realmente no Lo conocemos), el tal es mentiroso, y no hay Verdad en él. (Si lo que profesa no cambia su vida entonces usted no tiene lo que profesa.)
5 Mas el que guarda Su Palabra (debemos cumplir con la Palabra de Dios, siempre seguir haciéndola como la regla de nuestras vidas, y podemos lograrlo si nuestra Fe está firmemente puesta en la Cruz), el Amor de Dios verdaderamente ha perfeccionado en él (se refiere "al Fruto" del que "guarda Su Palabra"): por esto sabemos que estamos en Él (se refiere a Rom. 6:3-5).
6 El que dice que está en Él (corresponde a una afirmación hecha), debe andar como Él (Cristo) anduvo (la manera en la cual ponemos en orden nuestro comportamiento).
LA PRUEBA
7 Hermanos, no os escribo Mandamiento nuevo (amar a los Hermanos no es un Mandamiento nuevo), sino el Mandamiento antiguo que habéis tenido desde el principio. (El amor a los Hermanos ha sido el fundamento y la piedra angular del Plan de Dios desde el mismo principio.) El Mandamiento antiguo es la Palabra que habéis oído desde el principio. (Ya que el antiguo Mandamiento del Amor ha existido mucho antes del Creyente, no hay excusa para no querer andar en esta dirección.)
8 Otra vez, os escribo un Mandamiento nuevo (el Mandamiento de Amor es tanto antiguo como nuevo), que es verdadero en Él (Cristo) y en vosotros (si estamos "en Él," entonces debiéramos ser como Él): porque las tinieblas van pasando (tiene que ver con la época antes de Cristo), y la Luz Verdadera ya alumbra. (La "Luz Verdadera" es Cristo, la Luz que resplandecerá para siempre, y concierne la época desde que ha venido Cristo.)
9 El que dice que está en la Luz, y aborrece a su hermano, el tal aun está en tinieblas todavía. (¿Cómo podemos decir que tenemos amor y al mismo tiempo odiar a nuestro Hermano? Tal persona no es salva, a pesar de sus afirmaciones.)
10 El que ama a su Hermano, está en la Luz (la clase de amor del cual se trata aquí es el Amor de Dios, el cual no se puede tener a menos que sea salvo sinceramente), y no hay tropiezo en él. (Andar en la luz es estar gobernado por el amor, que quita los tropiezos.)
11 Mas el que aborrece a su Hermano, está en tinieblas, y anda en tinieblas (éste es una persona que una vez había conocido al Señor, pero se ha perdido en su camino con Dios simplemente porque hay odio en su corazón hacia un consiervo Cristiano; en consecuencia, él anda en tinieblas), y no sabe adónde va, porque las tinieblas le han cegado los ojos. (El castigo de vivir en la oscuridad espiritual no es sólo no poder ver, sino que se vuelve ciego espiritualmente, lo cual lo convierte en blanco a la doctrina errónea.)
12 Os escribo a vosotros, hijitos, porque vuestros pecados os son perdonados por Su Nombre (a causa de lo que Él hizo por nosotros en la Cruz).
13 Os escribo a vosotros, padres, porque habéis conocido a Aquél que es desde el principio. (Se refiere a aquellos que son maduros en la vida Cristiana.) Os escribo a vosotros, jóvenes, porque habéis vencido al maligno. (Se refiere a los Creyentes que han alcanzado el lugar donde viven en el Poder del Espíritu, y su victoria sobre Satanás es una victoria constante.) Os escribo a vosotros, hijitos, porque habéis conocido al Padre. (Se refiere a los Creyentes que han sido recién salvos. La palabra Griega usada aquí es "paidíon," y se refiere a un niño en formación. Es asunto de los "Padres" y los "jóvenes" de instruir a los recién convertidos en los caminos del Señor.)
14 Os he escrito a vosotros, padres, porque habéis conocido Al Que es desde el principio. (Juan vuelve a repetir a fin de que los "Padres" siempre sepan y entiendan que el Orden Prescrito de Dios de Victoria los llevó a este lugar [un lugar de superación], y no deben permitir que la doctrina errónea entre y destruya esto.) Os he escrito a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes, y la Palabra de Dios mora en vosotros, y habéis vencido al maligno. (Nunca olviden cómo han vencido, que es por medio de la Fe en la Cruz de Cristo [II Ped. 2:2].)
15 No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. (El "mundo" del cual se refiere Juan corresponde al sistema ordenado del cual Satanás es la cabeza.) Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. (Dios el Padre no compartirá con el mundo el amor que debe ser exclusivamente de Él.)
16 Porque todo lo que hay en el mundo (nada hay en el sistema de este mundo que es de Dios), la concupiscencia de la carne (se refiere a los deseos malos), y la concupiscencia de los ojos (ansia de lo que ve), y la soberbia de la vida (aquello que confía en su propia fuerza y recursos, y vergonzosamente desprecia y viola las Leyes Divinas y los derechos humanos), no es del Padre, mas es del mundo. (Estas cosas tienen el sistema del mundo como su fuente, no del Padre Celestial.)
17 Y el mundo se pasa, y su concupiscencia (sea lo que sean los encantos del mundo, pronto se marchitan): mas el que hace la Voluntad de Dios, permanece para siempre (quien continúa habitualmente haciendo la Voluntad de Dios).
LA FE
18 Hijitos, ya es el último tiempo (todas las épocas, desde el Primer y Segundo Advenimientos pueden, en este sentido, llamarse realmente, "la última hora"): y como vosotros habéis oído que el Anticristo ha de venir (el Apóstol se refiere al hombre del pecado que está por venir, quien hará su primera presentación después del Arrebatamiento de la Iglesia), así también al presente han comenzado a ser muchos Anticristos (en el Griego es "Seudocristos," y se refiere al que afirma ser de Cristo); por lo cual sabemos que es el último tiempo. (Sabemos que esta es la última dispensación antes de la Segunda Venida del Señor.)
19 Salieron de nosotros, mas no eran de nosotros (Juan se refiere a la muchedumbre que afirma ser de la Verdadera Iglesia, pero Juan dice que "no eran de nosotros"): porque si fueran de nosotros, hubieran cierto permanecido con nosotros (si ellos habían sido de la Verdadera Iglesia, no hubieran sucumbido a la doctrina errónea): pero salieron para que se manifestase que todos no son de nosotros. ("Salieron" quiere decir que ellos daban la espalda al Cristo de la Cruz.)
20 Mas vosotros tenéis la unción del Santo (todo Verdadero Creyente tiene la "Unción" del Espíritu Santo), y conocéis todas las cosas. (Debiera traducirse, "todos vosotros conocéis.")
21 No os he escrito como si ignoraseis la Verdad (lo que Juan escribe en esta Epístola sólo refuerza lo que ya han conocido), sino como a los que la conocéis, y que ninguna mentira es de la Verdad. (La Verdad nunca producirá una mentira y una mentira nunca puede producir la Verdad.)
22 ¿Quién es mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? (Quien niega en cualquier modo a Quién es Jesús y Lo Que Él hizo para Redimir a la humanidad es "un mentiroso.") Este tal es Anticristo, que niega al Padre y al Hijo. (El que niega la Trinidad es un Anticristo. Dios el Padre y Dios el Hijo son representados aquí, y es el Espíritu Santo Quien inspira el Texto. De esta manera tenemos la Trinidad.)
23 Cualquiera que niega al Hijo, este tal tampoco tiene al Padre (no importa las afirmaciones, si niega a Jesús, niega al Padre también): cualquiera que confiese al Hijo tiene también al Padre. (Si acepta al Hijo, acepta al Padre también, ya que el Hijo es el único Camino al Padre [Jn. 10:30, 38].)
24 Pues lo que habéis oído desde el principio, que permanezca en vosotros. (No debemos desviarnos del Verdadero Evangelio, lo cual nos llevó a Cristo al principio.) Si lo que habéis oído desde el principio permanece en vosotros, también vosotros permaneceréis en el Hijo y en el Padre. (Es la responsabilidad del Creyente fomentar la estabilidad y el crecimiento de las Doctrinas sanas mediante una vida Santa y una determinación de ceñirse y permanecer fiel a ellas.)
25 Y esta es la Promesa, la cual Él nos prometió, la Vida Eterna (la cual obtenemos al aceptar a Cristo y lo que Él hizo en la Cruz por nosotros).
26 Os he escrito esto sobre los que os engañan. (Toda la doctrina errónea entra en el título "espíritus seductores" de una forma u otra y, por lo tanto, es clasificado "Doctrinas de Demonios" [I Tim. 4:1].)
27 Pero la Unción que vosotros habéis recibido de Él (el Espíritu Santo), mora en vosotros (mora permanentemente para ayudarnos a comprobar si lo que oímos es Bíblico o no), y no tenéis necesidad que ninguno os enseñe: mas como la Unción misma os enseña de todas cosas (el Creyente no necesita nada más de lo que ya no se encuentre escrito en la Palabra), y es Verdadera, y no es mentira (el Espíritu Santo nos guiará a toda la Verdad [Jn. 16:13]), así como os (la Unción) ha enseñado, perseveraréis en Él (el Espíritu nos instruye con respecto a la Palabra de Dios, y nos ayuda a permanecer en Cristo).
28 Y ahora, hijitos, perseverad en Él (la condición de producir fruto [Jn. 15:4, 7]); para que cuando apareciere (el Arrebatamiento), tengamos confianza (la actitud del corazón del Santo, quien vive tan cerca del Señor Jesús que no hay nada que se interponga entre él y su Señor), y no seamos confundidos de Él en Su Venida. (Algunas personas estarán avergonzadas de seguro.)
29 Si sabéis que Él es Justo (pudiera traducirse, "Ya que sabe que Él es Justo"), sabed también que cualquiera que hace Justicia, es nacido de Él. (Todos quienes son realmente Nacidos de Nuevo hacen "Justicia.")


1 Corintios 13:
Si hablo en lenguas humanas y angelicales, pero no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o un platillo que hace ruido. Si tengo el don de profecía y entiendo todos los misterios y poseo todo conocimiento, y si tengo una fe que logra trasladar montañas, pero me falta el amor, no soy nada. Si reparto entre los pobres todo lo que poseo, y si entrego mi cuerpo para que lo consuman las llamas, pero no tengo amor, nada gano con eso. El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor jamás se extingue, mientras que el don de profecía cesará, el de lenguas será silenciado y el de conocimiento desaparecerá. Porque conocemos y profetizamos de manera imperfecta; pero cuando llegue lo perfecto, lo imperfecto desaparecerá. Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; cuando llegué a ser adulto, dejé atrás las cosas de niño. Ahora vemos de manera indirecta y velada, como en un espejo; pero entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de manera imperfecta, pero entonces conoceré tal y como soy conocido. Ahora, pues, permanecen estas tres virtudes: la fe, la esperanza y el amor. Pero la más excelente de ellas es el amor.



Hebreos 10:35-12:4:
Así que no pierdan la confianza, porque ésta será grandemente recompensada. Ustedes necesitan perseverar para que, después de haber cumplido la voluntad de Dios, reciban lo que él ha prometido. Pues dentro de muy poco tiempo, "el que ha de venir vendrá, y no tardará. Pero mi justo vivirá por la fe. Y si se vuelve atrás, no será de mi agrado." Pero nosotros no somos de los que se vuelven atrás y acaban por perderse, sino de los que tienen fe y preservan su vida. Ahora bien, la fe es la garantía de lo que se espera, la certeza de lo que no se ve. Gracias a ella fueron aprobados los antiguos. Por la fe entendemos que el universo fue formado por la palabra de Dios, de modo que lo visible no provino de lo que se ve. Por la fe Abel ofreció a Dios un sacrificio más aceptable que el de Caín, por lo cual recibió testimonio de ser justo, pues Dios aceptó su ofrenda. Y por la fe Abel, a pesar de estar muerto, habla todavía. Por la fe Enoc fue sacado de este mundo sin experimentar la muerte; no fue hallado porque Dios se lo llevó, pero antes de ser llevado recibió testimonio de haber agradado a Dios. En realidad, sin fe es imposible agradar a Dios, ya que cualquiera que se acerca a Dios tiene que creer que él existe y que recompensa a quienes lo buscan. Por la fe Noé, advertido sobre cosas que aún no se veían, con temor reverente construyó un arca para salvar a su familia. Por esa fe condenó al mundo y llegó a ser heredero de la justicia que viene por la fe. Por la fe Abraham, cuando fue llamado para ir a un lugar que más tarde recibiría como herencia, obedeció y salió sin saber a dónde iba. Por la fe se radicó como extranjero en la tierra prometida, y habitó en tiendas de campaña con Isaac y Jacob, herederos también de la misma promesa, porque esperaba la ciudad de cimientos sólidos, de la cual Dios es arquitecto y constructor. Por la fe Abraham, a pesar de su avanzada edad y de que Sara misma era estéril, recibió fuerza para tener hijos, porque consideró fiel al que le había hecho la promesa. Así que de este solo hombre, ya en decadencia, nacieron descendientes numerosos como las estrellas del cielo e incontables como la arena a la orilla del mar. Todos ellos vivieron por la fe, y murieron sin haber recibido las cosas prometidas; más bien, las reconocieron a lo lejos, y confesaron que eran extranjeros y peregrinos en la tierra. Al expresarse así, claramente dieron a entender que andaban en busca de una patria. Si hubieran estado pensando en aquella patria de donde habían emigrado, habrían tenido oportunidad de regresar a ella. Antes bien, anhelaban una patria mejor, es decir, la celestial. Por lo tanto, Dios no se avergonzó de ser llamado su Dios, y les preparó una ciudad. Por la fe Abraham, que había recibido las promesas, fue puesto a prueba y ofreció a Isaac, su hijo único, a pesar de que Dios le había dicho: "Tu descendencia se establecerá por medio de Isaac." Consideraba Abraham que Dios tiene poder hasta para resucitar a los muertos, y así, en sentido figurado, recobró a Isaac de entre los muertos. Por la fe Isaac bendijo a Jacob y a Esaú, previendo lo que les esperaba en el futuro. Por la fe Jacob, cuando estaba a punto de morir, bendijo a cada uno de los hijos de José, y adoró apoyándose en la punta de su bastón. Por la fe José, al fin de su vida, se refirió a la salida de los israelitas de Egipto y dio instrucciones acerca de sus restos mortales. Por la fe Moisés, recién nacido, fue escondido por sus padres durante tres meses, porque vieron que era un niño precioso, y no tuvieron miedo del edicto del rey. Por la fe Moisés, ya adulto, renunció a ser llamado hijo de la hija del faraón. Prefirió ser maltratado con el pueblo de Dios a disfrutar de los efímeros placeres del pecado. Consideró que el oprobio por causa del Mesías era una mayor riqueza que los tesoros de Egipto, porque tenía la mirada puesta en la recompensa. Por la fe salió de Egipto sin tenerle miedo a la ira del rey, pues se mantuvo firme como si estuviera viendo al Invisible. Por la fe celebró la Pascua y el rociamiento de la sangre, para que el exterminador de los primogénitos no tocara a los de Israel. Por la fe el pueblo cruzó el Mar Rojo como por tierra seca; pero cuando los egipcios intentaron cruzarlo, se ahogaron. Por la fe cayeron las murallas de Jericó, después de haber marchado el pueblo siete días a su alrededor. Por la fe la prostituta Rahab no murió junto con los desobedientes, pues había recibido en paz a los espías. ¿Qué más voy a decir? Me faltaría tiempo para hablar de Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, Samuel y los profetas, los cuales por la fe conquistaron reinos, hicieron justicia y alcanzaron lo prometido; cerraron bocas de leones, apagaron la furia de las llamas y escaparon del filo de la espada; sacaron fuerzas de flaqueza; se mostraron valientes en la guerra y pusieron en fuga a ejércitos extranjeros. Hubo mujeres que por la resurrección recobraron a sus muertos. Otros, en cambio, fueron muertos a golpes, pues para alcanzar una mejor resurrección no aceptaron que los pusieran en libertad. Otros sufrieron la prueba de burlas y azotes, e incluso de cadenas y cárceles. Fueron apedreados, aserrados por la mitad, asesinados a filo de espada. Anduvieron fugitivos de aquí para allá, cubiertos de pieles de oveja y de cabra, pasando necesidades, afligidos y maltratados. ¡El mundo no merecía gente así! Anduvieron sin rumbo por desiertos y montañas, por cuevas y cavernas. Aunque todos obtuvieron un testimonio favorable mediante la fe, ninguno de ellos vio el cumplimiento de la promesa. Esto sucedió para que ellos no llegaran a la meta sin nosotros, pues Dios nos había preparado algo mejor. Por tanto, también nosotros, que estamos rodeados de una multitud tan grande de testigos, despojémonos del lastre que nos estorba, en especial del pecado que nos asedia, y corramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante. Fijemos la mirada en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe, quien por el gozo que le esperaba, soportó la cruz, menospreciando la vergüenza que ella significaba, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Así, pues, consideren a aquel que perseveró frente a tanta oposición por parte de los pecadores, para que no se cansen ni pierdan el ánimo. En la lucha que ustedes libran contra el pecado, todavía no han tenido que resistir hasta derramar su sangre.


Romanos 8:
Por lo tanto, ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús, los que no andan conforme a la naturaleza pecaminosa sino conforme al Espíritu. Pues por medio de él la ley del Espíritu de vida me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte. En efecto, la ley no pudo liberarnos porque la naturaleza pecaminosa anuló su poder; por eso Dios envió a su propio Hijo en condición semejante a nuestra condición de pecadores, para que se ofreciera en sacrificio por el pecado. Así condenó Dios al pecado en la naturaleza humana, a fin de que las justas demandas de la ley se cumplieran en nosotros, que no vivimos según la naturaleza pecaminosa sino según el Espíritu. Los que viven conforme a la naturaleza pecaminosa fijan la mente en los deseos de tal naturaleza; en cambio, los que viven conforme al Espíritu fijan la mente en los deseos del Espíritu. La mentalidad pecaminosa es muerte, mientras que la mentalidad que proviene del Espíritu es vida y paz. La mentalidad pecaminosa es enemiga de Dios, pues no se somete a la ley de Dios, ni es capaz de hacerlo. Los que viven según la naturaleza pecaminosa no pueden agradar a Dios. Sin embargo, ustedes no viven según la naturaleza pecaminosa sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios vive en ustedes. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo. Pero si Cristo está en ustedes, el cuerpo está muerto a causa del pecado, pero el Espíritu que está en ustedes es vida a causa de la justicia. Y si el Espíritu de aquel que levantó a Jesús de entre los muertos vive en ustedes, el mismo que levantó a Cristo de entre los muertos también dará vida a sus cuerpos mortales por medio de su Espíritu, que vive en ustedes. Por tanto, hermanos, tenemos una obligación, pero no es la de vivir conforme a la naturaleza pecaminosa. Porque si ustedes viven conforme a ella, morirán; pero si por medio del Espíritu dan muerte a los malos hábitos del cuerpo, vivirán. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no recibieron un espíritu que de nuevo los esclavice al miedo, sino el Espíritu que los adopta como hijos y les permite clamar: "¡Abba! ¡Padre!" El Espíritu mismo le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, somos herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, pues si ahora sufrimos con él, también tendremos parte con él en su gloria. De hecho, considero que en nada se comparan los sufrimientos actuales con la gloria que habrá de revelarse en nosotros. La creación aguarda con ansiedad la revelación de los hijos de Dios, porque fue sometida a la frustración. Esto no sucedió por su propia voluntad, sino por la del que así lo dispuso. Pero queda la firme esperanza de que la creación misma ha de ser liberada de la corrupción que la esclaviza, para así alcanzar la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Sabemos que toda la creación todavía gime a una, como si tuviera dolores de parto. Y no sólo ella, sino también nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos interiormente, mientras aguardamos nuestra adopción como hijos, es decir, la redención de nuestro cuerpo. Porque en esa esperanza fuimos salvados. Pero la esperanza que se ve, ya no es esperanza. ¿Quién espera lo que ya tiene? Pero si esperamos lo que todavía no tenemos, en la espera mostramos nuestra constancia. Así mismo, en nuestra debilidad el Espíritu acude a ayudarnos. No sabemos qué pedir, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras. Y Dios, que examina los corazones, sabe cuál es la intención del Espíritu, porque el Espíritu intercede por los creyentes conforme a la voluntad de Dios. Ahora bien, sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman, los que han sido llamados de acuerdo con su propósito. Porque a los que Dios conoció de antemano, también los predestinó a ser transformados según la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. A los que predestinó, también los llamó; a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó. ¿Qué diremos frente a esto? Si Dios está de nuestra parte, ¿quién puede estar en contra nuestra? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no habrá de darnos generosamente, junto con él, todas las cosas? ¿Quién acusará a los que Dios ha escogido? Dios es el que justifica. ¿Quién condenará? Cristo Jesús es el que murió, e incluso resucitó, y está a la derecha de Dios e intercede por nosotros. ¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, la persecución, el hambre, la indigencia, el peligro, o la violencia? Así está escrito: "Por tu causa nos vemos amenazados de muerte todo el día; nos tratan como a ovejas destinadas al matadero." Sin embargo, en todo esto somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Pues estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni lo presente ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto ni lo profundo, ni cosa alguna en toda la creación, podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor.

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